Todo mi corazón crispaba en ira
bajo de aquella tarde exasperada;
ni hombre ni mujer me conmovieron,
y aun vi pasar en ellos a enemigos.
Nunca mis ojos cargaron tanto enojo,
casi me derrumbaba ante mi mal.
Había muerto yo a todo amor.
Vomitaba un dragón dentro mi pecho,
abriría su boca para el fuego.
Mi alma ya no lo quiso contener.
Sajaría mi cuerpo para abrirse
a los sucios contornos de las calles.
Todo mi corazón crispaba en ira.
Aborrecí las obras de los hombres.
La tarde era de un rojo sacrificio.
Ciertamente era un rojo y penetrante [...]
Graciosa y repentina maravilla
(nunca se vio un cambiante sentimiento
que pegara tan rápido en un hombre),
acercando ternura a mi entender.
Que de pronto, en un punto de esa tarde,
toda la Creación se me agolpó
al ver un gorrioncillo juguetón
buscando su sustento entre la hierba...
Cien pequeñuelos de estos llenarían
apenas un humano corazón.
Pero sólo uno para conmover
al más endurecido de los hombres.
En Dios, aun lo pequeño, maravilla.
3 junio de 2000